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viernes, 29 de abril de 2011

EL ARTE DE DIRIGIR UNA ORQUESTA

¿Se puede enseñar a dirigir una orquesta? La pregunta no tiene fácil respuesta. Una de las razones es que el alumno no dispone de instrumento para practicar; otra causa es que el “instrumento” del director es un conjunto de personas, con lo que esto significa. Sin embargo, a esta pregunta responde, en un interesante volumen escrito por uno de los grandes directores de orquesta alemán: Hermann Scherchen (Berlín, 1891–Florencia, 1966), personaje muy interesado por la música de su tiempo en cuyos programas figuraban obras de Schoenberg, Berg, Webern, Milhaud, Stravinksy, Henze, Nono o Dallapicola.
El libro se estructura en tres grandes apartados: 1 – Introducción general, a modo de reflexión, consejos, formación e importancia del canto en la interpretación musical; 2 – Breve manual sobre los instrumentos de la orquesta; 3 – Técnica de la dirección orquestal.
En el primer apartado, Scherchen deja claras sus ideas sobre lo que debe constituir la formación de un director: conocer las características y posibilidades los instrumentos, que sea capaz de tocar uno o, mejor, varios, que forme parte o haya cantado en coro y que esté familiarizado con la composición, orquestación… No olvida la necesidad de conocimientos de cultura general, que también pide para la orquesta. Todas estas disciplinas, que se pueden enseñar y aprender, han de ponerse en juego para el estudio de la partitura, que es una actividad “muy compleja”; el director alemán encuentra en el canto el auxiliar indispensable para entender la partitura y sus relaciones internas. En varias ocasiones, Scherchen, insiste en la necesidad de cantar (“El canto es la función vital de la música”) para construir una “representación mental” de la obra musical; esta idea, este retrato en el cerebro, es fundamental antes de que el director ponga un pie en el podio. Esta construcción mental es tan importante y básica para el director alemán que llega a decir: “las orquesta tendrían que negarse a tocar bajo las órdenes de un aspirante a director que pretenda aprender a dirigir con ellas”.
El segundo gran apartado tiene que ver con los instrumentos de la orquesta. Scherchen los estudia desde el punto de vista del director, ofreciendo detalles interesantes a tener en cuenta: dificultad de los ataques en cuerda y viento, tendencias a alterar el color de los registros extremos de algunos instrumentos, relaciones entre ellos que pueden verse alteradas por sus características, peculiaridades de los golpes de arco,… Da mucha importancia a la percusión, llegando a afirmar que “generalmente la mayoría de los instrumentos de la batería de percusión están confiados a ejecutantes que no son músicos profesionales. Los únicos especialistas que suele haber en la batería son los profesores encargados de los timbales, el xilófono y el tambor pequeño”. A pesar de este error en lo que a nuestras orquestas actuales se refiere, quizá no tanto en las de la época en que el alemán estaba en activo– la importancia de la percusión queda evidenciada.
De todos estos detalles ofrece el libro más de 450 ejemplos escogidos, que serán de enorme utilidad para quienes estudien este libro, que, además, se ocupa de las funciones del concertino e incluso de la colocación de la orquesta.
El tercer apartado se ocupa de algunos detalles del oficio del director. Destaca la importancia del gesto, que debe ser sencillo y sin afectación, como medio de comunicación con la orquesta: “El acto de dirigir la orquesta no debe confundirse con la acción dramática del actor, con la pantomima o la gimnasia”. Scherchen propone movimientos muy suaves, claros, precisos e inequívocos, que no alteren la atención de la orquesta, No deja de insistir en las dos premisas básicas –en su criterio– para la formación del director: el uso del canto, incluso para la enseñanza del oficio, y la creación de la “imagen mental” de la partitura.
El arte de dirigir la orquesta fue escrito en 1929 después de veinte años de experiencia frente a grandes conjuntos centroeuropeos. A nuestro entender, el libro parece estar pensado para lo que se conoce como “director estable”, ese personaje que pasa con una misma orquesta el tiempo suficiente para conocer a sus músicos y que estos le conozcan. Hoy, en algunos casos, estas relaciones son mínimas: el director llega, ensaya –a veces muy poco– ofrece el concierto y vuelve al avión para dirigirse a la siguiente ciudad–concierto. A pesar de todo, si estos directores aprovecharan el tiempo de vuelo y leyeran este manual, podrían encontrar informaciones de gran utilidad para ejercer ese maravilloso y delicado oficio del que Hermann Scherchen escribe: “Saber tocar ese instrumento [la orquesta] significa ejercer una especie de magia, su dominio exige fuerzas de conjuro”.

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